Las palabras son minucias,
como el minutero:
no es lo mismo y veinte,
que menos veinte.
En cambio la hora en punto
es pulcritud y precisión:
pasan los minutos
en el reloj de la torre
y lo hace como de puntillas,
sin hacerse notar, sin aspavientos;
en cambio, la hora en punto
es rotundidad sonora,
y la campana lo vocea
agitando el badajo
con toda energía y solemnidad.
Pasan los minutos, las horas, los días,
y yo acabaré haciendo silencio sepulcral,
mientras el reloj seguirá
con sus cansinas vueltas y revueltas.

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