El sol plegó su sombrilla con aire festivo
y desparramó su luz y su brillantez,
como inundan las aguas las anegadas,
hasta ocupar las sombras a modo de cobijo.
Fijó su mirada en la tibieza del camino
y esparció su luz por la faz y el anverso,
como se esparce la generosa semilla
por lo fértil, lo pedregoso y las veredas.
Fue entonces cuando las sombras
opusieron combativa resistencia,
pero era tarde para rendir su dominio
y no quedó cota plegada al abandono.

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