La vida, a veces, es un meandro,
una sorpresiva coda de la corriente
que aparece fortuita o sin fortuna
como sorpresa mayúscula,
mientras el soniquete de la corriente
nos acaricia el oído y nos hace sugerencias.
Otras es una invitación irresistible
a zambullirte en sus aguas,
con el profano propósito de dejarnos llevar.
Hasta que tratas de morder, sin conseguirlo,
esa rueda de molino que,
-a modo de aperitivo-
te habían servido con innegable astucia.
Y a todo esto, se van jalonando,
uno tras otros, los retos y desafíos,
con una cadencia rítmica y adversa
que acaba con la paciencia
del mismísimo Job,
entre murmullos silenciados.

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