Salgo cada día a caminar
rastreando las sombras,
evitando el relumbrón que irrita la piel
y levanta un sarpullido de lágrimas transparentes
por un esfuerzo relativo que humedece
y empapa.
He memorizado la ruta
y también he estudiado
sus derivas inquietas y constantes,
para que la sorpresa no sea el chapuzón
que haga de lo cotidiano un sobresalto.
Es verdad, la noche me ha hecho un guiño,
tratando de endulzar el desaliento
y en el me regocijo y me deleito.
Y ante la duda
de buscar la luz o perseguir las sombras,
venga a mí esa luminaria
que me alumbre el camino para seguir a salvo.

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