Mis brazos, dos ramas de naranjo
que a tu paso se arquean e inclinan,
para saludarte con toda reverencia
y darte la más cordial bienvenida.
Mis manos, la ofrenda perfumada,
de blancor níveo y aroma de azahar,
que rinde pleitesía a tu pautado caminar
con aromática vaharada inconfundible.
Mis ojos, visores testigos de tu llegada,
admiración silente de tu belleza,
espía de tu airoso y atractiva delicadeza
por entre las sendas en las que me alojo.
Mi boca, la sed sempiterna y enloquecida,
que se mira en tus labios y se empobrece,
que se ofrece en plenitud a ser devorada,
y se deja arrebatar la vida a manos llenas.

¡Qué símil más bonito has puesto!
ResponderEliminarTe agradezco que lo destaques, Tracy.
EliminarUn abrazo.
Bonito poema. Muy sensorial y delicado.
ResponderEliminarUn.abrazo.
Es que le pongo todo mi empeño para que me leas y comentes.
EliminarUn abrazo.
Un poema pleno de amor! Un abrazo Francisco!
ResponderEliminarEn definitiva, es el amor quien lo maneja todo, María Cristina.
EliminarUn abrazo.
Uff, que delicia de versos! Un abrazo Francisco
ResponderEliminarGracias por tu presencia y por tan contundente suspiro.
EliminarUn abrazo.