El espejo me devuelve mi mirada,
pero de soslayo aparece la tuya
como engarzada, incrustada en mí
sin otro artificio que el deseo.
Cuando me peino, cuando me perfilo la barba,
cuando te busco con ansias y no apareces,
cuando tu respuesta es silencio pétreo
o cuando creo ver una sonrisa de fresa
tan contagiosa y chispeante como atractiva.
Ante el espejo, más que mirarme, te busco.
Sí, desde los ingletes del marco a la planicie,
y también bajo la espesura de vaho
cuando te envuelves en la toalla,
como escapada fugaz en mi presencia.
Es un signo, un estigma indeleble
que es presencia viva, fugaz y reiterativa,
por el que merece la pena ver figuraciones.

En el espejo nos vemos al revés.
ResponderEliminarEn el mío siempre aparece un señor mayor que yo, lleno de arrugas. Prefiero no mirarme.
Un abrazo, Paco.