El despertador hace guardia
en la mesita de noche,
con sus dos minutos de adelanto,
y se mantiene en silencio expectante.
Ya es hora, pero el cansancio sigue desbordado
y se oculta de las primeras luces del alba.
Sobre los adoquines,
repiquetea la lluvia mortecina y mansa
como arrullo que invita a estirar la noche
más allá de sus fronteras naturales.
Ella es ausencia presente
que respira armónica y sosegada;
busco sus pies
y me responden al estímulo desplazándolos
hacia un encuentro acaramelado.
Entre las sombras,
el acusador ofrece su gesto contrariado
y amenazante, capto la sutileza
y me deslizo de entre las sábanas
buscando torpemente con los pies las zapatillas:
no hay dudas, a la noche le queda pequeño
su pijama de rayas.
Muy bueno el broche final.
ResponderEliminarSaludos, Paco.