Amanece el domingo en profundo silencio,
todos duermen o todos callan. ¿Miedo?
La adversidad sobrenada por los resquicios
escalando con empeño hasta la superficie,
tal vez agotada en sí misma, desvaída;
henchidos y saturados los sumideros...
Ni siquiera el viento o la brisa son acreedores
de esta magia envolvente que me descoloca:
auditorio vacío, pentagrama en blanco,
en penosa espera de un fecundo susurro.
Tiempo de silencio, de reflexión, meditativo:
¿Qué he hecho? ¿Qué hemos hecho mal?
¿Por qué esta respuesta inarticulada
que fagocita el entendimiento, y nubla,
y devuelve el silencio como respuestas?
Silencio. Una oportunidad que me sobrepasa,
me angustia y hasta desperdicio inútilmente,
en lugar de entornar los ojos, respirar sosiego,
y permitir que esos rasgos no descritos
tracen el panorama de aquello que desconozco.

El silencio que hay entre tormenta y tormenta. Se mastica.
ResponderEliminarSaludos.