Mis brazos, dos ramas de naranjo
que a tu paso se arquean e inclinan,
para saludarte con toda reverencia
y darte la más cordial bienvenida.
Mis manos, la ofrenda perfumada,
de blancor níveo y aroma de azahar,
que rinde pleitesía a tu pautado caminar
con aromática vaharada inconfundible.
Mis ojos, visores testigos de tu llegada,
admiración silente de tu belleza,
espía de tu airoso y atractiva delicadeza
por entre las sendas en las que me alojo.
Mi boca, la sed sempiterna y enloquecida,
que se mira en tus labios y se empobrece,
que se ofrece en plenitud a ser devorada,
y se deja arrebatar la vida a manos llenas.

¡Qué símil más bonito has puesto!
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