Del
seno de las tinieblas brille la luz.
(2Co 4, 6)
En
la alegre fuente resuena una sonata
y
en el papel de plata del trastero
duerme
apacible un riachuelo sereno
que
en breve será sonrisa y sonajero,
pañales
de bebé, borbotones de júbilo
y
de esperanza para este tiempo herido.
La
vida se precipita por el acantilado del otoño
entre
lavas volcánicas y filos aceros fieros,
que
no doblegan su hoja a la lógica
y nos
despiertan del letargo con sobresaltos,
donde
la sinrazón es, a la sazón, el desafuero
y
los alfanjes bisturíes de violencia extrema.
Inermes,
indefensos, huérfanos patrios,
sólo
nos queda la oración y ya está el rosario
desgastado
de pasos misteriosos e incesantes.
Que
mis labios proclamen sin cesar: “amanece
la luz
para el justo, y la alegría para los
rectos de corazón”.
Hoy
somos rama doliente de pinsapo; no podemos
con
el peso del espumillón ni lo artificioso de la fiesta,
por
la herida de esta violencia que no sabemos
si
llegará a sangrar y si en tal caso tendrá sutura.
Quiero
plantar en la sombra de mi tienda
la
alborada, cerrar los oídos al flácido viento
y
tañer salmodias que recompongan el descosido
de
estas alas de plomo que me lastran:
que tu misericordia, Señor, venga
sobre nosotros, como lo esperamos de ti.






