Todo lo anecdótico cabe en un suspiro,
cuando lo fortuito sale a tu encuentro
y te pone la zancadilla,
aunque de ella salgas ileso y sin trauma.
Atrás quedó el mar, como envuelto
en una bruma opaca que ni siquiera el sol
trata de oponerse y llevarle el pulso;
de la porfía, vencida la resistencia,
el sol cabalga de nuevo a lomos de la mañana
y la humedad reinante se suelta las bridas
capturando las máximas como récord.
Al anochecer, todo andaba oculto a la mirada,
pero más allá de las sospechas
y del desasosiego,
acaba el día y amalgamamos lo conocido
bajo la techumbre de lo mucho que ignoramos.
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