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| Caricatura realizada por Juan Palacios |
Eran los años oscuros,
aquellos en los que el sol
se desperezaba
sin mucha voluntad de
alumbrar;
eran días como cánticos con
sordina
que sólo alteraba la
chiquillería
en sus momentos de recreo
mientras jugaba con pelota
de trapo,
al escondite o a bailar el
trompo.
El mar era un referente en
lontananza
que ayudaba a imaginar lo
inconmensurable,
salvo en los escasos días de
niebla;
las paredes, enredaderas de
cal y caliches,
escalando del suelo al
caballete
y las canales con su
generosa abundancia
los días de lluvia.
Era un tiempo musical
con resonancias piadosas o
militares
a los que éramos ejercitados
en la escuela;
era un presente en
transformación,
cuya partitura no estaba
escrita
y ni siquiera abocetada.
Todo estaba en su lugar: el
agua en la fuente,
las piedras en la calle y el
cemento en la plaza;
el tiovivo por feria, las
castañas por Tosantos,
los hornazos en Pascua y los
rosquetes en Navidad.
Y resultó que la vida era
más larga
que el pantalón corto y las
sandalia.
Todavía niño, el primer
trabajo
y el resto de ellos se le
fueron encadenando
como la retahíla de las
semanas a los meses
y los meses a los años.
Llegó la expatriación, la
persecución del trabajo
y las ansias de progreso
delineando una etapa nueva.
En este tiempo de hoy, en
este otoño,
el día en el que cumplo los
setenta años,
miro hacia la primavera con
nostalgia.
Eran los años oscuros…