Un carro del fulgores,
una concentración lumínica
en lo lóbrego de la noche,
un resplandor que se derrama
y se expande en la nebulosa
del impreciso velo nocturno.
La cerca delimita lo inmediato,
no tanto oclusión imposible
como concreción respetable de lo ajeno.
A los pies, el fresco bullir verde
que habla en voz baja de abundancia,
de renovación continua,
de vida emergente y generosa.
Y allá arriba, inmediato a lo celeste,
el relumbrón de la tramoya divina,
con la abundancia y la generosidad
que da pie a mitos, cuentos y fábulas,
cuya tradición anda ahora soterrada,
en base una IA que solo sabe
aquello que previamente se le cuenta.
Muéstrame, Osa Mayor, el norte,
mi norte y mi inequívoco camino;
condúceme por los vericuetos
de mis oscuros desconocimientos,
y llévame de la mano a mi mañana.

Habrá que subirse al carro y salir pitando. Esto se está poniendo feo.
ResponderEliminarSaludos.