La belleza no está en el nombre,
tampoco en la posible celebridad,
sino en el conocimiento mismo,
en el ajuar intrínseco de su abstracción.
La donosura no está en la palabra río,
ni tampoco en arroyo o regato.
Está en la gestualidad de su donación:
al derramarse, al discurrir jovial o cansinamente,
soltando la agitación y la furia
o amansándose en los meandros,
irrigando los campos y vistiéndolos
de hermosos tallos y colorida floración,
o dándose mansamente en afluente.
La galanura no está en la palabra azucena,
ni en la palabra lirio o tal vez rosa,
está en la altivez gestual de su tallo
y en el colorido de ese trozo de cielo abajado
para hacerse asequible y aromático.
¿Qué significa brisa si no agita un pañuelo
o una falda, o una melena muy femenina?
¿Qué sentido tiene un adiós lanzado a la nada
que no ha sido recogido y bien recolectado?
La belleza sobrepasa con creces al significante
y se aloja en la médula de su significado.

Sin embargo, la palabra ya te predispone para abrir tus poros ante la hermosura. Nos pasa - te pasa- cuando, por ejemplo, oímos la palabra rosa.
ResponderEliminarSalud.