El ímpetu adormecido
y sereno en el mayor,
es fuerza de un volcán
en el inexperto y vigoroso joven.
Uno conjuga el futuro en presente
y el otro masculla el pasado
como embelesado en un bucle
del que no encuentra salida.
El joven mira al anciano
y todo le resulta obsoleto;
el anciano contempla la osadía
en la que transita el inexperto
y se reconoce tropezando,
una y otra vez, en las mismas piedras.
Jóvenes y viejos: dos tiempos,
una diversidad que se asienta
en la impaciencia y en la reflexión.

Sumamos las edades. Dividimos entre dos. Y nos salen dos buenas edades donde se juntan salud, trabajo y experiencia. ¿Trato?
ResponderEliminarUn abrazo.