No me quedan lágrimas
con las que llorar tanto
desaliento,
tanta pobreza extrema
y tanta inhumanidad con la
que blindar
los beneficios empresariales
de la insaciable codicia.
Cada día una nueva propuesta
a la baja,
una precariedad mayor
y un mayor desamparo.
No me invites a manifestarme
en este primero de mayo
al abrigo de una pancarta
rotulada por liberados sindicales
que se desentienden
de parados, infra pagados y
migrantes.
Mis lágrimas están
reservadas
para esos casi dos millones
de hogares
sin ningún ingreso,
donde el pan entra por la
puerta
de la misericordia. Las tengo
guardadas
para esos trabajadores
explotados
con nómina de pobreza,
amenaza de desahucio
y avisos de cortes de luz y
agua.
No me quedan lágrimas
de plañidera,
sino la que se desliza
escociendo
por las sajaduras
de mis carnes solidarias.
No. No me quedan lágrimas.






