A mi prima Liova
Cristina
Ojén;
decir Ojén es rememorar al niño que fui
y correteó sus calles, y que
—de algún modo—
no ha dejado nunca de habitarme,
sino que se ha encaramado
y acompasado a los
usos de la madurez
y se hará vecindad en la senectud.
En sus calles, los juegos;
en su escuela, los cánticos docentes
de tablas aritméticas y normas;
en la iglesia, todos los sacramentos;
en la plaza, los juegos y coqueteos de juventud;
en su atmósfera, en su luz, en su acento, en su aroma…
en las eras, en Los Chorros, en el Calvario,
en el río Almadán, en el Chorrón, en el Chifle,
en el Castillo, en Los Llanos, en las Cuevas…
en cualquier lugar,
los lazos invisibles anudados y trenzados
que me afianzan al territorio
y pronuncian con voz cálida mi pertenencia.
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