Su larga cabellera fue atravesada
por una espada de luz
que vino a incendiar el atardecer,
hasta transfigurarse
y subir y subir sin ataduras y sin desvanecerse.
A lomos de sus escasos años,
todo cuanto anidaba en su corazón
eran sueños esperanzados,
aventuras que el devenir y la sorpresa
deshilachaban en sus tardes de ocio.
Con las lecturas,
llegó a hacerse una capa ingrávida
con la que cabalgar los sueños
y surcar los cielos
hasta trascender más allá de las estrellas.
No había alcanzado aún el punto álgido,
pero en sus adentros sabía que estaba próximo,
que ese era el camino.
Y al tiempo que hizo volar su cometa
hasta desaparecer por los confines del infinito,
su volátil imaginación cabalgó los cielos
y fue al encuentro de aventuras soñadas
desempolvando sus fantasías
y arropándose en ellas.

Volar y luego desaparecer. En un suspiro. Metáfora de la vida.
ResponderEliminarUn abrazo.
¿Y quién sostiene el hilo?
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