“Pronto seremos más y no cabremos de gozo”, decía yo en este mismo espacio el pasado 3 de agosto. Ayer era la cita a primera hora de la mañana y el facultativo les ha dicho a los padres que busquen nombre de niño. Ellos, la abuela, yo, todos pensábamos en niña y nos hacía ilusión que así fuera, pero ya saltamos de gozo pensando que se nos da un nuevo descendiente y que lo que toca es aceptar gustosos lo que la Providencia nos quiera dar.
En nuestro caso, como no eran tiempos de ecografías sino de sorpresa en el momento del alumbramiento, fallamos en las dos ocasiones y ambos fueron niños cuando lo que esperábamos o más bien deseábamos era niña. Tanto para el hoy padre de la criatura que se gesta como para su hermano, tuvimos que improvisar nombres de varón porque estábamos seguros de que serían niñas; hoy les toca a mi hijo y mi nuera pasar por el mismo trance, pero con varios meses de adelanto y el ajuar por hacer. ¡Qué digo por hacer! A este le tocará heredar lo que al primogénito le fue quedando pequeño.
A mí me queda pequeña la capacidad de admiración por la creación y llegada de una nueva vida, un milagro que, a pesar de que viene sucediendo desde la noche de los tiempos, no deja de ser absolutamente admirable. A mis hijos, Javier y Lourdes –también a Dios- les agradezco de todo corazón esta nueva descendencia, este vástago por el que ya fluye sangre de mi sangre y por el que ya estoy dispuesto a dar la que me queda.
Vienes, cariño mío, en un tiempo difícil, pero seguro que adquirirás las habilidades suficientes como para sortearlas y salir adelante como lo han ido haciendo los hombres de generación en generación. Desde la altura de mis años, me apena que no sean muchos los que pueda acompañarte, pero espero que sí lo suficiente como para que puedas comprobar que eres querido desde el momento mismo de la concepción y para toda tu vida. Aún no sé si serás rubito como mamá o moreno como papá, si alto o bajo, si flaco o gordito, pero tú sí puedes afirmar que no hay otro nonato ni niño sobre la tierra que sea más querido que tú. Aún sin nombre, pero con tu columna, tus riñones, tu cerebro, tu ritmo cardíaco a todo latir y tus inequívocos genitales, ya eres parte de mi vida para siempre. ¡Te seguimos esperando!




