En cada gorrión, en cada astucia,
la picaresca de la supervivencia
como doctrina de conducta,
como versatilidad de usos y maneras
de alcanzar el sustento de cada día.
La dependencia del pan es filo embotado
que a veces ni corta, ni desmigaja,
ni tampoco es brisa que estimule;
pero la apetencia es esa necesidad
caracoleada más de una vez al día.
Como el gorrión, por entre la muchedumbre,
entre turistas y parroquianos del consumo,
por entre el sequedal de la inanición,
un ser sin nombre mirado con recelo,
y no con la sonrisa cómplice
del gorrión que busca migajas por el suelo
Hambre: una vida truncada e insatisfecha.
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