Es corriente;
es muy corriente
que entre un virus
y el ordenador se
desordene.
Es corriente;
es muy corriente
que la gente sea corriente;
yo mismo soy...
pues eso, corriente, muy corriente.
Ella no;
ella no es corriente,
es correntina, eso sí,
y se abriga al cuello
con la bufanda líquida del Paraná,
a tan solo dos cuadras
de la plaza Juan de Vera.
Tengo el ordenador desordenado
—ya lo he dicho—
por eso, he puesto mi música
dentro de una botella,
con la esperanza de que llegue a sus manos
una de estas tardes veraniegas,
cuando pasee la avenida Costanera
y saque de sus aguas
la zampoña
de este cántico que no puede ser grito
por mor de una diafonía,
pero con la esperanza
de que le acurruque el alma.






