Todos estaremos de acuerdo que la mejor de las limpiezas es no ensuciar. Aquellos ciudadanos educados que no tiran colillas o chicles al suelo están contribuyendo al estado de limpieza de sus calles, es obvio, como también los padres que recogen, a modo de ejemplo, la bolsita de chuche que tiró al suelo su hijo.
Hace mucho que los ayuntamientos tratan de concienciarnos que la limpieza es cosa de todos, que la limpieza comienza por usar las papeleras y con corrección todo el mobiliario urbano. También los maestros explican a los niños qué está bien y qué cosas no lo están, pero luego suelen ver el ejemplo de los mayores y se suelen olvidar de la prédica del docente.
Ya son varios los ayuntamientos que han pedido a sus vecinos que cada quien barra su tramo de calle y lo cuiden como si de su propia casa se tratase. Recuerdo que en mi infancia, en Ojén, no existía el servicio municipal de limpieza y cómo mi madre se ocupaba de todo el tramo de calle que transcurría a lo largo de su fachada hasta la siguiente; hoy hasta cuenta el municipio con una barredora mecánica de no sé cuántos caballos de fuerza y un conductor que se pasea por las calles entronizado en lo alto del mecanismo.
Pues en ese afán de no manchar, para que la limpieza sea menos onerosa para las arcas municipales, el Ayuntamiento de Sevilla quiere que se pongan pañales a los caballos, además de uniformes a los cocheros. Lo primero para contribuir al aseo de las vías públicas; lo segundo para que éstos luzcan más aseados. Los cocheros se resisten al uniforme, pero no tengo noticias de si los caballos acatarán o no eso de llevar pañales.




