Mira a ese hombre
envuelto en la costra de su aislamiento,
en un silencio nunca interrumpido.
Quizás creas que es una sombra de si mismo,
un intérprete que no ha recibido el guion
o que masculla los muchos olvidos
torturándole en su mente.
Apenas gesticula, no sabemos si habla;
tampoco se sabe de su origen ni de su destino.
Está en presente ausencia
y junto a él el hatillo de sus escasas pertenencias.
Tan solo mira de soslayo,
tal vez por no levantar sospechas
o porque no quisiera ser un sobresalto para otros.
Mírale. No alarma,
pero es semejante a un cartel con muy escasa movilidad,
de aquellos que ilustraban las fachadas de los cines
en promoción visual;
levanta la sospecha de estar herido,
posiblemente en su interior.
Algo dentro de él le debe sangrar
por las heridas no abiertas o por sus pústulas.
Cuando recibe algo, hace una mueca agradecida
sin contenido verbal,
pero con cierta delicadeza gestual.
Exhibe lo que es,
ni tampoco todo lo que tiene: hambre.
Seguro que tan solo es hambre.

Las carencias no suelen ser en estos casos tan solo de alimentos. A veces necesitan alguna palabra amable, un poco de atención...
ResponderEliminarUn abrazo.