El hibisco amarillo palidece su espera,
mientras que el carmesí,
es encendido sonrojo que exalta
y hasta pone en apuros;
en cambio, el rosa,
es un vals que danza los siete velos,
revoltoso y juguetón entre miradas.
Cuando digo amarillo,
es un sol que amanece y desborda;
cuando digo carmesí,
es un rubor en las mejillas
que me desnuda el tronco de escalofríos;
y cuando digo rosa,
es la ternura que se apropia
de la voluntad más terca e ingenua.
Herido. Ahora me siento herido
en la pigmentación de mis labios.
Ven. Ven tú, y sácame esta espina,
pon toda la pasión en los tuyos.
Bellas flores. Hasta aquí llegan sus fragancias. ¡ojo con la Rosa!
ResponderEliminar¿A qué color te apuntas, Cayetano? Ja, ja, ja, ja, ja...
EliminarUn abrazo.
Un poema de amor floral con un final espectacular, un abrazo Francisco!
ResponderEliminarMe alegro que te haya gustado, María Cristina.
EliminarUn abrazo.
Las flores siempre son símbolo de vida e inspiración, aquí nos lo demuestras ampliamente y con genuina gracia andaluza, amigo.
ResponderEliminarMi abrazo.