A
Tracy, como percha para sus recuerdos.
Recordaba los brazos de la
abuela
como el rescoldo donde
sentirse a salvo,
la dársena en la que
refugiarse
de la tempestad de los
miedos nocturnos
y dormirse arrullada por
cuentos
en vez de padecer los hielos
de aquellos duros inviernos
en el desangelado caserón
familiar.
Todos sus placeres se los
adjudicaba a la abuela,
cada uno de aquellos
momentos dulces
que conformaba el álbum de
su infancia,
por eso no entendía
que la gente hablara de sus
mayores
como antesala del gran
derrumbe de la partida.
Pasados los años, descubrió
en el desván
un extraño artilugio de
metal
con el que la abuela ─le contaron─
solía planchar la cama cada
noche.
Ahora es ella abuela y
brazos amorosos,
pero no necesita de esa
reliquia para hacer
que su nieta duerma cada día
en el paraíso.
