Después de la rentrée, la normalidad. Suelo ir tres días por semana a la piscina por prescripción facultativa. Al despertar me apetecía seguir remoloneando, pero la disciplina es la forja idónea contra las tentaciones. ¡Arriba! Traté de justificarme conmigo mismo dejarlo para el día primero de mes, pero no fui capaz de convencerme; la bolsa estaba pertrecha de todos lo necesario y cargué con ella. A la llegada fui recibido con vítores y bromas: “¡Menudas vacaciones!” Es una de las pequeñas licencias de la edad.
En los ejercicios previos, mis músculos y articulaciones se acordaban de las vacaciones y chirriaban con llagadas voces de protesta. Me he esforzado más que nunca, aunque las agujetas y el cansancio están llamando a mi puerta. El agua deliciosamente tibia, cristalina y mansa. “¡Calle tres!” Descendí con pulcritud y esmero por los peldaños de acero y me sumergí bajo el agua hasta la calle señalada. “¡Diez largos!” ¿No son ocho? “¡Diez largos!” Los dos primeros me resultaron interminables, las brazadas agotadoras y las piernas como de plomo; tuve intención de rendirme, pero reflexioné y me di cuenta de que trabajaba por y para mí. ¡Adelante! -me dije-, y continué yendo y viniendo de extremo a extremo como soldado que marcha con marcialidad por el puesto de guardia. “¡Ahora seis a espalda doble!” No rechistes -me dije-, esta chica con cara de ángel parece haberse tragado un demonio. Si llegué a contar bien tantas vueltas, debí hacer 850 m. ¡Ay de mí!
La báscula me habla de sobrepeso, la cinturilla del pantalón de estrecheces, mi mujer me sirve la comida en plato de postre, mi amigo Antonio me aguarda con una cervecita y vuelta a las andadas, pero en el agua me siento liviano como una libélula. Durante julio y agosto me he zambullido casi a diario en el Mediterráneo, pero el verdadero encuentro físico con el agua se produce en la piscina y con una monitora que desde arriba ordena con voz de sargento de hierro.
