Iba yo montado en un joven
rocín
a quien triplicaba la edad
y él a mí los deseos de
aventuras.
Lo monté a pelo,
imitando a los indios de las
películas,
prueba satisfactoria,
aunque me sentía más próximo
a Sancho
que a piel roja.
Mis piernas arqueadas
modelando la panza,
ambas manos aferradas a la
crin
cuando el animal inició un
trote
el equilibrio se hizo
milagroso
y la caída una amenaza
cierta.
No me tiró al suelo.
Pareciera que se divertía
cuando fue acelerando la
marcha
hasta lograr que mis
posaderas
no tocaran su lomo.
De repente, como niño que ha
hecho una gracia,
paró en seco y me pareció
iniciar
un vuelo que despegaba por
sus orejas.
Debo mucho a Juan Ramón,
entre otras cosas,
pensar que todo burrito
es de algodón y tiene ojos
de vivo azabache.





