Aunque es nuestra lengua la que pone nombre al descanso de la sobremesa, no se trata de una exclusividad entre españoles, ya que también en Latinoamérica hacen siesta, al igual que en China, Taiwán, Filipinas, India, Grecia, Oriente Medio y África del Norte. La siesta debe su nombre a la latina hora sexta: tiempo que va desde el medio día a las tres de la tarde, y obedece a un impulso biológico que tiene que ver con la somnolencia tras el almuerzo, como consecuencia del mayor aporte de flujo sanguíneo al aparato digestivo y también a los rigores climáticos.
Contaba Camilo José Cela que él era de los de siesta con pijama, Padrenuestro y orinal, pero lo que verdaderamente se entiendo por siesta es una pausa de unos veinte minutos, no necesariamente en la cama; un pequeño impulso energético antes de reemprender la actividad laboral, aunque no todos puedan hacerla y aunque no a todos apetezca.
Si trazáramos en el mapa las líneas delimitadoras de los países donde esta práctica es más generalizada, veremos que todos ellos están sometidos a la severidad de las altas temperaturas, cosa que debemos tener muy en cuenta. En el sur de España, donde viven afincados de manera estable muchos nórdicos jubilados, personas que antes jamás se echaban la siesta, han descubierto el placer de recuperar las energías tras la comida y la practican como posesos. En cualquier caso, todo lo antedicho no es más que una excusa para presentar la pintura de este jovencísimo maestro del hiperrealismo a quien admiro: Rubén Belloso: un sevillano que muy pronto será patrimonio de la humanidad.







