Pregunté al viento,
y me respondió con la música
de su deambular diario,
colmado de placidez y dominio.
Pregunté al magnolio,
y me aromatizó con tu fragancia
como senda cierta
que lleva directo a ti.
Pregunté al arroyo,
y me respondió con burbujas
como pompas de jabón,
arrumaco de tu belleza.
Pregunté a la luna,
y se llenó de luz reluciente,
antes de hacerme indicaciones
con un guiño sutil.
Pregunté a la brisa,
y se descalzó con suma ternura
como oblación sumisa,
antes de pronunciar tu nombre.
Pregunté al fuego,
y se encendió de cólera
fundiendo las brasas,
por desconocer la respuesta.
Pregunté a la rosa,
y se ruborizó en extremo
asumiendo la desventaja,
empequeñecida por tu belleza.
Y yo me pregunto,
¿estaré a su altura?

Que no te vean preguntar a las flores, al fuego o al viento, porque te encierran seguro.
ResponderEliminarUn abrazo.
Reconozco que otros con menos viven en un riguroso encierro. Debe ser que me acompaña la fortuna.
EliminarUn abrazo.
Creo que ya sabés la respuesta, el amor que acompaña toda la vida es! Un abrazo Francisco!
ResponderEliminarAsí parece, María Cristina. Muchas gracias.
EliminarUn abrazo.