En la sobremesa, a veces, un sopor
que uno no controla y le desorienta,
como butaca en el palco del paraíso
que la mecen los ángeles con dulce runrún.
El televisor sigue encendido,
murmurando cosas ininteligibles
y poses que pudieran ser artificiosas,
el ventilador gira su cansina monotonía;
se palpa un cierto y denso vaho
en el cristal, antes traslúcido, de la mirada,
una indefinición que solo aporta
mayor confusión si cabe, profundo caos.
En el batiburrillo de tanto desconcierto,
una dejación al timón de la nada,
un caos generalizado,
gobernado por la desgana,
y adiestrado en la insubordinación,
un sestear en el limbo
con desapego absoluto a todo lo presente.

La mesa resulta incómoda para siestecilla breve. Yo casi prefiero llamarla la sobrebutaca.
ResponderEliminarSalud.
Como siempre, Cayetano, no te falta razón.
EliminarUn abrazo.
Estos versos tuyos me lo trajo a mi papá, él decía, me da una soñera!, un abrazo Francisco!
ResponderEliminarCon frecuencia nos empeñamos en ser diferentes lo unos a los otros, pero en el fondo todos somos muy iguales. Muchas gracias por tu comentario, María Cristina.
EliminarUn abrazo.