Nace el día, entre bostezos de sombras,
con una luz creciente que tiende
a ocupar todos los espacios abiertos.
Por las rendijas de la intuición
se cuela una sonrisa hilvanada a la esperanza
y descorre el velo de las pesadillas,
tan noctámbulas como trasnochadoras.
Se agita la vida. La brisa remueve las ramas
y las hierbas del suelo le hacen compás,
y acaparan humedad que intercambian,
en comunión fraterna con la arboleda.
Tal vez un presagio, pero a lo lejos suena
una carcajada estridente, una sonoridad
sin la anotación oportuna en la partitura,
como quien augura algo pasajero que flota
por escasos instantes y desaparece.
Nace el día. Cada amanecer comporta su anhelo,
y a nosotros nos toca macerar y tejer sus fibras,
entallar y calzar su miscelánea, deglutir su música
y ensayar los pasos que su melodía propone.

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