Pasado el fragor del día,
el cercano aroma a dama de noche
es una embriaguez que invita
a aplazar el sueño,
a envolverlo en el papel satinado
del firmamento,
desde el relajado respiro de la terraza.
Avanza la noche,
todavía no es la madrugada,
pero la placidez es un anticipo
que asegura sus coordenadas
y prepara el confort para la contemplación.
De tarde en tarde un vehículo,
una música estridente que agita el ambiente
y le saca a uno del paisaje onírico
en el que se balanceaba.
Contar estrellas es tan engorroso
como contar corderos en una piara,
todos idénticos, salvo para el pastor.
Quietud plena, Pastor de las alturas,
palpitaciones sosegadas,
y la mirada perdida en la bóveda celeste,
donde lo infinito es minucia y silencio;
y el hombre, apenas una mota de polvo
en el anonimato de una muchedumbre,
afanado en sus sombrías aspiraciones.

Esperando la noche que nos refresque un poco.
ResponderEliminar¿De tarde en tarde un vehículo estridente? Se ve que no hablas de España y sus malditas motos.
Abrazo.
Ja, ja, ja, ja.... Cayetano, que se nos nota la edad.
EliminarUn abrazo.
Sentida contemplación, Francisco, un abrazo!
ResponderEliminarMuchísimas gracias por tu apreciación.
EliminarUn abrazo.
La noche es un regalo, un descanso de lo cotidiano, que nos invita a mirar al cielo, sentirnos pequeños, pero grandes en espíritu, amigo poeta.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable por tus buenas letras.
Muchísimas gracias por tu valoración, María Jesús.
EliminarUn abrazo muy entrañable.