La tarde de abril discurría con parsimonia,
casi con sosiego hacia el atardecer,
lentamente, como arrastrando los pies
con negligencia e innegable desgana.
Los niños jugaban en el entorno
y ajenos a los acontecimientos,
mientras los mayores tomaban el sol
y, de vez en cuando,
aireaban viejas historias que paladeaban
campechanamente repitiendo estribillos
que les habían transmitido y memorizado.
Algunos dormitaban bajo su sombrero,
acunados en el silencio
y sintiendo la exclusión voluntaria
de ese ejercicio repetitivo y manido
como tema recurrente que ejerce de comodín
y también de socorro.
Una pesadumbre común era el hilo conductor
de quienes se manifestaban de viva voz
y de quienes silenciaban tomando el sol
y dejando transcurrir la tarde.
Todos presentes, pero todos ajenos al momento,
sin pronunciarse acerca de lo acontecido
y echando palabras amorfas
e historias vacuas sobre lo acaecido,
así trataban de ignorar lo verdaderamente trascendente,
eso que posiblemente tendrá o no
repercusión en un futuro inmediato,
mientras llega la noche para todos.

Por qué será que en los pueblos la vida transcurre más lenta y tranquila que en la ciudad, sobre todo más lenta. El tiempo cunde mucho más. A que sí.
ResponderEliminarUn abrazo.