Un profundo silencio preside la plaza,
un bostezo de insomnio y cansancio
tras la recogida de la Madrugá.
Voy orillando el ayer
desde este hoy recién estrenado
y todo parece de antaño,
como vivencias añejas de un tiempo reiterativo
que vuelve una y otra vez
en olas superpuestas y nacaradas,
y hasta emulan un pretérito imperfecto
con sujeto elíptico.
A la gran agitación le sigue la quietud,
el mutismo abismal,
con ecos insonoros que hablan en lo íntimo
y hasta aturde de tanta parálisis.
Ayer todo fue concurrencia, agitación,
aglomeración contenida y controlada,
largas, interminables y disciplinadas colas,
hoy está todo regido por la desolación
y el desistimiento resignado.
Languidece la plaza en su abandono,
bajo el inequívoco signo de la derrota.

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