En la sala, el hogar, la protección,
el crepitar de la leña hasta ser brasas
y el derroche de amor
como moneda corriente y en curso,
como cinturón de seguridad sin resquicios ni aristas.
Al final de la escalera,
los pasos crujientes sobre madera,
los relatos en la voz de la abuela,
los sueños y los ensueños por entre las fértiles fisuras,
y entre las sábanas los atolones de lo imaginado.
En la plaza, los juegos aplazados
hasta el día siguiente
y la guardia pretoriana de las palmeras
elevando los nidos más allá de lo visible.
En la campana del reloj
la repetición de las horas en punto
y la veleidad sonora de las medias;
los juegos, los Chorros, los buñuelos,
y la pescadería aromando las mañanas
entre voces y escamas en competencia.
En la era, las reproducciones cinematográficas,
los enfrentamientos bélicos y las conquistas,
y desde mi ventana,
el azul del mar haciendo guiños relucientes
de tierras desconocidas,
la aventura de un más allá que rompe las lindes.
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