Por la oblicua ribera,
como señalando la desembocadura,
se rasga el amarillo dorado en mil pedazos
incendiando el atardecer,
y orienta las aguas camino del mar,
envolviéndolas en ternura
y como anticipo del abrazo salino
en las que se harán un todo,
a veces en calma
y otras en agitado temporal.
Las marismas le ofrecen su amplia sonrisa
y la placidez, y la parsimonia,
y el remanso de una larga despedida,
con la somnolencia que anticipa al descanso;
y así, más que fluir, se recrea en la dehesa
y avanza sin descanso, con certezas, sin prisas.
Va colmado de suspiros
y de ahogados lamentos,
de perfumados achares de azahar,
de fortuitos encuentros
y de miradas dilatadas desde ambas orillas
ansiosas de permanecer en curso.
Caminamos. Cada quien sigue su itinerario:
el sol hacia su declive, del que despertará ufano,
la aguas del río hacia el nudo marinero
al que abrazarse,
y yo… Yo a soñar, a revivir momentos plácidos
en la vorágine ruidosa de la ciudad.
Un día que se va y otro que viene.
ResponderEliminarAbrazo.