Un libro.
¿Qué digo un libro?
Un cuaderno virginal con todas sus páginas en blanco:
“la efe con la e, fe…”
¡Felicidades! ¡Sí! ¡Felicidades!
A ti que te llamas Enmanuel
(Dios-con-nosotros);
a ti, que has nacido hoy sin derecho
a los dos mil quinientos euros,
pero traes un pan debajo del brazo;
a ti, que has encontrado el amor
y has mordido el veneno de otros labios
y te has inoculado en el fluido dulcísimo de los besos;
a ti, que comienzas el año nuevo
con tu viejo, aunque odiado trabajo;
a ti, que la fe te inflama de esperanza
y sientes que la vida te acaricia
y que todo lo que te aguarda es venturoso;
a ti, que estrenas el calendario engrosando la larga lista
de más de cuatro millones de parados;
a ti, que sigues necesitando extender la mano
y encuentras otra al extremo de tus dedos
que sofoca tu penuria con generosa entrega;
a ti, que tantas horas pasas en la biblioteca
oteando el horizonte de tu futuro
y acumulas créditos y más créditos
en la carpeta de tu expediente;
a ti, que asistes impávido a los dos años de demora
con los que quieren retrasar tu jubilación;
a ti, que aguardas en una cama hospitalaria
el reencuentro salubre y el alta que no llega;
a ti, que desesperas en la galería los días de barrotes
por el menudeo de un trapicheo al que te arrastró
el consumo y te arrancó a jirones la vida;
a ti, que orzas el timón de tu vida
y reconduces la deriva de tu físico ajado
con propósitos de sacrificio y persistencia;
a ti, que sientes la afligida soledad
y la tosquedad de tus muchos años, con sus olvidos,
como un abandono a la espera de que baje el telón;
a ti, que como yo, inauguras un nuevo amanecer
con el candor de una nueva aventura:
¡Feliz Dos Mil Once!