Se saturó de todo y de todos,
en especial de las habladurías.
Había caído en lenguas ajenas
y no encontró la vía de escape
para salir airosa del despelleje
por un camino hasta entonces prohibido.
Había perdido el sueño maquinando
cómo escapar de las murmuraciones;
sus labios se hicieron cordilleras escarpadas
de escalada imposible de alcanzar.
Perdió el prestigio y también la calma,
su rostro y su figura acusaron recibo
de tan gravoso y maléfico acoso;
se le contrajo el rostro y también su alma.
Acorralada e indefensa, se refugió
tras una nebulosa de humo prohibido,
y acabó poniéndose el mundo por montera.






