Mi credo eres tú,
mi certeza única
cuando me hundo a solas
en las quejumbrosas
aguas de mis
pensamientos,
en la intimidad de estas
paredes
perfumadas de otoño
ya la noche vencida,
que cada vez tiene menos
hojas
y más delgadez de días.
Tú, mi credo,
la atalaya donde izar el
pendón
de mi pretérito
y quizás un hálito de futuro;
esa historia que has
garabateado
trazo a trazo
no siempre inteligible,
pero inequívocamente firme.
Tú, mi credo,
la firmeza única.

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