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07 febrero 2011

LA IMAGINACIÓN

                Tal como no hay digestión sin alimentos, no existen pensamientos sin imágenes.
                                                                                                                             JEAN PAUL SARTRE

La imaginación, fundamentalmente, consiste en formar representaciones de objetos, cosas situaciones, afectos, sentimientos, etc. en ausencia de esos objetos o cosas materiales o abstractas. Y así de esta esclavitud nuestra a la memoria, al archivo de las imágenes que guardamos sin saber dónde, sin saber cómo, la imaginación actúa como fiel notario de todo cuanto creamos o expresamos en cualquier actividad del pensamiento.


Las imágenes pueden ser reales o falsas, y dependiendo de cuales barajemos llegaremos a lo verosímil, a lo que todos entienden como representación de una realidad, o bien pueden ser imágenes falsas o pasadas por el tamiz de la fantasía, lo que nos apartaría de lo que el común de las personas entiende por realismo. Pero todo acto imaginativo, sea del género que sea, se apoya en imágenes. Podemos inventar en base a la imagen captada o concebida previamente, ya que la imagen antecede siempre a la expresión. No escribimos, pintamos o inventamos desde el vacío, desde la nada, sino basándonos en las imágenes que barajamos. La capacidad o no de crear nuevas ideas, de inventar, está más en la facultad para crear o transformar imágenes fantásticas en nuestra mente.

No hay dos procesos creativos iguales, como no hay dos personas iguales, por mucho que se asemejen, pero suele ser común la capacidad de analizar, reciclar y organizar los archivos iconográficos de nuestra mente, sin la cual todo sería plana vacuidad.

06 febrero 2011

EL ALCALDE DE ZALAMEA

Con otras urgencias, se me ha pasado comentar que la semana pasada acudí al teatro a ver El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca, por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el Lope de Vega de Sevilla. No es fácil juntar más clasicismo, si no fuera porque la versión y dirección de Eduardo Vasco y la escenografía minimalista de Carolina González pusieron el punto de mira fuera de lo que uno espera de la Compañía Nacional, posiblemente por aquilatar presupuestos. No entiendo por qué versionar el teatro clásico; mejor dicho, sí lo entiendo: media en ello derechos de autor de quienes medran con obras ajenas, incapaces de hacer obras propias; si no, pregunten a los vecinos de Zalamea, a quienes la SGAE les exige pagar derechos de autor por representar esta obra, con origen histórico más o menos riguroso en este pueblo extremeño, escrita en el primer tercio del siglo XVII.


Pero no es una crítica teatral la que pretendo, sino mostrar el choque de valores que ofrece el texto sólido de don Pedro con lo que hoy se estila:

«Al rey la hacienda y la vida se ha de dar,
pero el honor es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios...»

Hoy casi nadie habla de Dios y nadie habla de honor; lo de la hacienda y la vida han tomado otros derroteros: la Hacienda se ha hecho mayúscula como departamento del estado recaudador, y la vida no hace falta darla porque ellos se encargan de quitártela.

No sé con cuanto rigor o desmesura, asistí en mi tiempo joven a aquella afirmación en la que alguien hacía una especie de juramento alegando ser un hombre y vestirse por los pies. Aparte de que ahora nos vestimos todos por los pies, sin distinción de sexo, la hombría, como el gesto de darse la mano, no es marchamo de garantía alguna. El honor no es moneda que vende. No hay más que mirar lo que nos ofrece el patio de vecinos de la televisión para darnos cuenta que hoy lo que vende, y a qué precios, es el deshonor: airear las otrora aventuras sigilosas y los cuernos con más fruto y gozo que quien patenta en el Registro de la Propiedad Intelectual. Por otra parte, no hay más que asistir al espectáculo político de tanto corrupto que, con las manos blanquecinas de harina, se agarran como lapas al sillón y hasta hacen un arabesco que en lugar de la dimisión le lleva a postularse como candidato.

Para no extenderme, el honor expresado por Calderón es hoy día un anacronismo, y el deshonor de hoy día una plaga que hace infecta la moral menos exigente.

05 febrero 2011

LA CRISIS ECONÓMICA-2

Como era previsible, todos tenemos más o menos un mismo sentir, una misma inquietud y un desconocimiento generalizado de no saber casi nada de economía. He dudado si responder a vuestros comentarios o si extenderme por otros extremos, lo que finalmente he decidido.

 

Lo grave no es que nos suceda a nosotros, sino que nuestros políticos, gobierno y oposición, tampoco saben a qué cartas jugar. Ya había comentado en otro momento cómo la política ha pasado a un segundo plano y son los mercados  —los especuladores— los que manejan el cotarro y marcan el ritmo y hasta la melodía que tienen que interpretar los estados. Pero según nos explicaba ayer el profesor Julián Pavón, son pocos los recursos técnicos que les quedan a los políticos para tratar de llevar el barco a buen puerto, y en ellos ponía el poder de decisión.

 

¿Tienen los políticos realmente poder de decisión? Mi amigo Joaquín apuntaba en su comentario al defenestrado Díaz Ferrán, pero creo que nuestros empresarios, casi todos, no son sino comparsa del verdadero poderío económico especulativo que ahora verdaderamente gobierna al mundo desde las sombras. En sus manos, son ellos quienes marcan las pautas y las garantías para que un estado no caiga en desgracia, y, como siempre, todas ellas van dirigidas a empobrecer a los débiles cada vez más. Ante el dinero se pliegan las políticas y las ideologías, los programas y el interés general.


 

Nuestro gobierno, al dictado y con la anuencia de empresarios y sindicatos, acaba de tomar unas medidas incomprensibles para el pueblo llano y de sometimiento al poder especulativo y apátrida. Como si de una supervisora se tratara, —¿traerá una encomienda?— hemos recibido la visita de la presidenta alemana, Angela Merkel, quien ha dicho: "España ha hecho sus deberes y está en muy buen camino. Yo creo que los mercados han tomado nota con interés de lo que ha hecho España y lo aprueban". Por todo ello, me pregunto: ¿Quién nos gobierna? ¿Seguiremos tutelados sea cual sea el partido que nos gobierne? Me temo lo peor.

04 febrero 2011

LA CRISIS ECONÓMICA

No es la economía mi fuerte, y ni siquiera está fuerte mi economía, sino congelada como la de todos los pensionistas. Por eso recurro a que nos la explique el profesor Julian Pavón, de la Universidad Politécnica de Madrid.

03 febrero 2011

LAS CLASES DE HISTORIA

A los doce años todo era ignorancia, así que las clases de historia eran una brisa de aire cargada de novedosas aventuras que insuflaban sus fantasías; a pesar de ello, su gran descubrimiento fueron las clases extras y la proyección de diapositivas. Don Alfonso era un enamorado de su profesión y un magnífico docente; aprovechaba sus vacaciones para tomar él mismo las diapositivas que le interesaba y luego montar aquellas clases extras al anochecer, cuando la luz del día no entraba en disputa con la del proyector.

Silvia había nacido en un pueblo de algo más de mil habitantes, por lo que su mundo era bastante reducido y la única historia que conocía era la que iba descubriendo en los libros de textos. El internado era como una cárcel tediosa, donde estaban muy marcados los periodos a lo largo de todo el día; echaba de menos a su madre y la necesitaba en muchos momentos del día, sobre todo en esos días en los que “la visita” le acarreaba unas molestias insufribles.


El aseo, el desayuno, los rezos, las clases, la comida, el estudio, la cena…  llegaba a la cama cansada, pero con deseos de un sueño que le arrancara de aquel arresto monótono. Por eso, cuando Don Alfonso proponía una sesión de diapositivas, Silvia se sentía trasportada a un mundo onírico al que siempre estaba dispuesta. Hasta entonces no había conocido otro monumento que la iglesia de su pueblo: una única nave, levantada sobre los restos de una antigua mezquita a comienzos del siglo XVI, con un techo a dos aguas, artesonado de madera en su interior y un campanario algo romo. Sillares sólo hasta media fachada del frontal y el resto de paredes de cal y canto. Por eso cuando leía en los textos términos como bóveda de cañón, ábside, espadaña, arbotante, etc. no sabía con qué ni cómo identificarlos.


Con Don Alfonso vio y aprendió lo que era un fuste, una basa, una hoja de acanto, un capitel, una columna salomónica, un rosetón, un arco ojival, y hasta soñó con ser voluta o gárgola por la que fluir de aquel espacio de confinamiento. El profesor les instruía en los órdenes arquitectónicos y les hacía pasear entre Roma y la vieja Atenas. A Silvia le sobrecogió el Partenón y su precisión aritmética, pero se fascinó cuando contrayendo su tronco y afianzando sus piernas y cuello se sintió cariátide en la Acrópolis. No era una estudiante brillante, pero destacaba en las clases de historia, aquellas clases prácticas que la evadían de su confinamiento.

02 febrero 2011

LA HUERTA DEL ABUELO

A él le debo el nombre y el apego a las escasas enseñanzas de la naturaleza que he logrado retener. Sabía de vientos, de las fechas adecuadas de la siembra, de la oportunidad de  cosechar en el momento adecuado, de la interpretación del Almanaque Zaragozano y de los barruntos de los animales y de cómo éstos se anticipaban siempre a los cambios atmosféricos.

Recuerdo un día lejano en el que cavó con mimo un pequeño rectángulo, le puso una buena porción de estiércol, lo envolvió con la tierra recién mullida y dejó caer sobre él semillas de naranjas amargas. Algo que aprendí por mi cuenta observando la naturaleza es la lentitud imparable del tiempo. Aquellas semillas tuvieron más parsimonia que yo impaciencia, pero finalmente salió de aquel suelo un gran número de tallos que el tiempo convertiría en un auténtico plantero, de donde más tarde fue entresacando de los más robustos para trasplantarlos a fin de repoblar de naranjos todo un bancal. Yo no entendía nada. Si el fruto era amargo, ¿qué esperaba el abuelo que dieran aquellos árboles? Dale tiempo al tiempo, fue toda la explicación que me dio en aquel momento.


Un año más tarde, aquellos aprendices de naranjos habían dado un estirón importante, el tronco había tomado un grosor considerable y se habían vestido con una copa nada despreciable. Al salir de la escuela me mandó la abuela a llevarle la merienda. Para mi sorpresa, tijera de podar en mano, estaba acabando con aquellas copas vestidas de aromáticas hojas verdes. Se había provisto de yemas de distintas especies y, navaja en mano, fue injertando aquellos fornidos troncos a partir de la cruceta. Les hacía una incisión con mucho esmero, en forma de T, procurando no dañar la parte leñosa; luego perfilaba y ajustaba el tamaño de la yema, la incrustaba en la piel del árbol y lo ceñía con fibras de palma. No entendía casi nada. Los había desmochado,  había herido con su navaja, a modo de estilete, las tres o cuatro ramas de la cruceta, y luego los había liado como quien cura una herida.

Cuando llegó la primavera no necesité demasiadas explicaciones. Aquellas yemas injertadas a comienzos de enero eran ahora incipientes ramitas que habían reventado las ligaduras de palma y buscaban la verticalidad del sol como abrigo y alimento. El tiempo es más parsimonioso que la impaciencia de un niño, y mi abuelo se acompasaba al tiempo, como un guante a la mano, para enseñarme lo que nunca jamás olvidaré.

01 febrero 2011

ANIMAL RACIONAL

Últimamente nos ha dado por casi equiparar la vida animal con la de las personas. ¿Queremos humanizar a los animales o animalizar al hombre? Desconozco el origen, pero tal vez muchos nos hayamos dejado llevar por los descubrimientos científicos. Primero fue la evolución propuesta por Darwin que nos sacaba de los limos del mar y desembocábamos en el homo sapiens, y luego ha sido la Biología la que con la posibilidad de analizar el ADN encuentra apenas diferencia entre el hombre y el chimpancé y hasta con la mosca del vinagre.


Pero algo se nos olvida. Es cierto que ambos tenemos un componente físico y que hay menos distancia de la que se nos antoja entre el chimpancé y el cuerpo humano, pero mientras el animal es sólo eso, el hombre dispone de inteligencia, voluntad y cuenta con la capacidad de opción, algo con lo que no cuentan los animales. Los animales no tienen imaginación propiamente hablando, o un sentido estético y sus emociones están limitadas a un nivel físico. Tampoco tienen consciencia de sí o un lenguaje abstracto ni capacidad creativa.

La persona es un sujeto en el que late un anhelo espiritual, que incluye la conciencia y la orientación hacia la verdad y el bien. Por tanto, la naturaleza del hombre es sustancialmente distinta a la de los animales e incluye la capacidad de la autodeterminación basada sobre la propia reflexión y la libre voluntad. Cada animal de una especie es idéntico a todos sus congéneres; no así el hombre que es genuino e irrepetible.