No suena,
es un lastre en el bolsillo,
un ladrillo que ladra inoportunamente,
que lastra el cuerpo y esclaviza el ánimo.
Es verdad que le he quitado el sonido;
vibra y yo tiemblo.
Tampoco es esta la llamada que espero:
una desconocida, de marca inoportuna,
quiere venderme algo que no necesito;
allana el camino con un tuteo repelente,
aunque en verdad lo molesto
es que no entre la llamada esperada.
Quienes venimos de operadoras
y de tiempos de demora,
estamos lejos de adaptarnos
a tanta innecesaria tecnología.
Antes, en ese pasado que se alejó,
todo se resolvía en ventanilla,
aguardando cola.
¿Quién da la vez?
Y te fijabas en la blusa o el peinado,
o en la chaqueta a cuadros, raída por los codos,
y el pelo atusado con brillantina.
Introduzca su DNI o el certificado digital…
A estas alturas, bloqueado
y con cierta angustia,
¿alcanzaré algún día la cita con el psicólogo?

Ahora hay un robot que te va enviando a diferentes lugares y nunca llegamos al que se necesita, pero digámoslo en voz baja, nos van a criticar los jóvenes robotizados, Francisco, un abrazo!
ResponderEliminar¡Qué gracia me has hecho! Evitemos contrarias a los jóvenes.
EliminarUn abrazo.
No lo sé, pero lo del ladrillo es cierto. Tal vez pueda considerarse una nueva condena.
ResponderEliminarUn abrazo.
No andas desencaminado, Cayetano.
EliminarUn abrazo.
¡Coño! Te pareces a los jóvenes , que siempre tienen el teléfono en silencio.
ResponderEliminarJa, ja, ja, ja, ja...
EliminarUn fuerte abrazo.