Hago memoria de los álamos
que me guiñan, al pasear la ribera,
con sus sonrisas blanquiverdes.
El agua me hace juegos visuales
y me crean la ilusión
de que regresan remontando,
con un arrepentimiento
sembrado de dudas y requiebros.
Pronto caerá la tarde
y yo caeré rendido. Caídas al fin,
oscuridad que esconde este tránsito
entre el aleteo de sombras
en la que se envuelve con desaliño.
Vuelven los estorninos
con la disciplina de una orquesta afinada
y la geometría alborotada de un caos
que para nada es riguroso.
Los tules morados,
otros muy ensombrecidos y rojizos
envuelven la seda de la tarde,
después que el sol se despeñara
más allá de la linde visual.

Ya va echando uno en falta una naturaleza luminosa y apacible.
ResponderEliminarSalud, Paco.
Es posible que ni tú ni yo lleguemos a adaptarnos, pero me temo que los nuestros tendrán que acostumbrarse a vivir en otro clima del que nosotros lo hemos hecho.
EliminarUn abrazo.