Sabía el misterio para domesticar el hierro:
primero lo observaba minuciosamente
y luego le encendía la sangre
enrojeciendo su pálpito en las brasas,
hasta casi el punto de licuación;
las formas requerían un poco más
y, a sones acompasados de martillo,
doblegaba los miembros férreos
con la musicalidad que sonaba en el yunque.
¡Niño, ponte al fuelle!
Era mayor el gozo que el esfuerzo,
y a poco, aquellas piedras negruzcas
se hacían ascuas y transmitían su rojez
al fiero fuste de fiero fierro,
antes de desapareciera el flujo del dragón.
No. No era el cine. Era donde los arados
recuperaban la efectividad de sus vertederas,
donde el pico regeneraba su colmillo,
donde la guadaña volvía a ser operativa
o el calabozo daba tajos certeros y definitivos.
Manuel era un virtuoso, y su operativo,
mucho más atractivo que otra tarde más
de canicas, del trompo, o al escondite.
Me faltan los cíclopes y Apolo en plan chivato.
ResponderEliminarFeliz sábado. Coge el paraguas si sales a por el pan.
Un abrazo