Armonía, transparencia, quietud, estatismo
que toma vida desde el mar arremolinado de la paleta de Pedro Olivares hasta el lienzo, donde las manchas se sublevan como
difuminadas en la cercanía, para ofrecer nitidez en la media distancia.
Pedro no dibuja, aboceta y pinta, color
sobre color y de la amalgama la luz que resucita y da vida corpórea metamorfoseando
lo que no era en presencia que se oferta y conquista.
Una vidriera de fondo, y sobre el
tapete de una deslavazada y coqueta mesa camilla —cuya presencia es subjetiva,
aunque corporal—, maravillosa disciplina disponen jarra, botella, flores y
vaso, donde la densidad material de cada objeto con sus finas transparencias, crean
la perspectiva y el espacio protagonista de unos zapatos plateados de mujer que
subyuga de misterio la escena.
Luz y transparencias en competición,
subrayada por tenues sombras que aportan
volumen, densidad y realismo.



