No se trata de una palabra
lanzada con la contundencia
y la puntería de un hondero,
tampoco es un diabólico conjuro al azar,
sino de vivir-con, de con-vivir,
de reconocerse entre la muchedumbre
como parte del paisaje común,
esa pizca de sal que se pierde en el guiso
y damos por víctima desaparecida,
pero su presencia escribe en cursivas
en lo íntimo del paladar,
como madre vigilante que está siempre,
-con brillo o sin el-
cuidando nuestra armonía y protagonismo.
Es ella, pero desaparece
para no nublar nuestra presencia,
como servidumbre que no busca aplausos
sino eficacia en favor del conjunto.
Propósitos compartidos, salvaguarda
de los desafueros y desacuerdos:
concordia a todo trance, también de sacrificios
en pro de acabar con los radicalismos
y la tozudez más absoluta,
un objetivo diario que nos lleva a la mesa común,
al pan y al sustento de cada día.
Todo comienza en mí,
todo se inicia en ti, en aquel, en no sé quién,
para acabar en nosotros,
en nosotros todos juntos,
sin miedos y sin desconfianzas,
hacia el objetivo común de la convivencia en paz,
el desaparecer en el caldo de cultivo
que a todos alimenta y da vida,
esa vida común que tanto merece la pena
exenta de protagonismos.
Convivencia: ni tú ni yo, nosotros.
