A Cristina Carmona, mi fiel amiga, mi fiel lectora
Aun vestía pantalón corto cuando entró por primera vez en el Café Central, instalado en el corazón mismo de lo más selecto de Málaga. El rótulo hacía otra referencia, pero el final de Larios, antes de entroncar con la calle Granada, seguía siendo para todos la Plaza de la Constitución, nombre que recuperaría años más tarde. En su Capuchinos natal sólo se soñaba el centro con aspiraciones laborales o pasear por entre los escaparates con los ojos desorbitados de deseos que nunca se podían satisfacer. A José Prado le pareció Rafael un chico diligente, educado y con un innegable empeño en ayudar a la economía familiar, al tiempo que abrirse camino profesional en ese mar donde tan sólo estaba al alcance de los jóvenes pescar una profesión desde los rudimentos del aprendizaje.
El Central es uno de esos establecimientos hosteleros de Málaga que ha sabido adecuarse al ritmo de los tiempos. Abrió sus puertas en 1940 y ha sido testigo del flujo de lo más granado de los malagueños y así mismo de políticos, escritores, cantantes, pintores… la segunda generación de la familia Prado supo adaptarlo al flujo turístico y al fluctuar de los gustos de las nuevas clientelas; hoy ya está en manos de la tercera generación, a la que se le imputa el final de los negocios familiares, pero ahí sigue, en las mismas funciones con las que abriera las puertas el abuelo. Al Café Central se le reconoce la invención de esa manera tan malagueña y precisa de pedir un café: solo, largo, semilargo, mitad, corto, sombra, nube; denominaciones que desde allí se ha contagiado al resto de la ciudad y a no pocos lugares del entorno.
Cuando conocí a Rafael ya vivía en Huelin, donde había formado una familia con aquella novia de la Calzada a la que vio vestir calcetines blancos y hasta desarrollarse como mujer; decía que estaban predestinados. Rafael fue hombre de dos únicos amores: su trabajo único en el Central, y su Marilú de y para toda la vida. Tenía la sabiduría de quien ha asistido sin invitación a miles de tertulias, la sabiduría callada de escuchar y tomar nota haciendo un cúmulo silencioso del saber. Pero su mayor cualidad era la sonrisa franca detrás de aquel porte elegante siempre dispuesto a tender una mano, amigo fiel y queridísimo a quien tanto extraño. Un día, espero que aun lejano, nos volveremos a encontrar allá donde todo es definitivo: imagino el abrazo; imagino su sonrisa peculiar y eterna, aquella con la que abrochaba las conversaciones y los silencios.
Cuantas historias pueden tejerse con solo una tasa de café, tal vez sea solo el comienzo de una larga y sincera amistad.
ResponderEliminarUn cálido abrazo, Francisco!!!
ufff no acostumbro a tomar cafe, pero acepto con mucho agrado un te verde con limon...
ResponderEliminarsaludos!!
Me han dado ganas de ir a sentarme en ese café y pedir uno largo, tal como lo cuentas dan muchas ganas, tomaré nota, quizá un día...
ResponderEliminarUn café largo, por favor. Sería todo un gusto tomarlo en ese Café Central y conocer un establecimiento con tanta historia.
ResponderEliminarUn abrazo.
Que lindas son tus historias...tus anécdotas y de las personas que has conocido...me voy con ese dulce sabor de la añoranza...un beso ...que sabroso es el aroma de éste blog..
ResponderEliminarEn mi visita a Málaga me hubiera gustado haber conocido ese café.
ResponderEliminarMe gusta este cambio de look. Un saludo
Cuantas historias se han escuchado y visto en los cafe del mundo. Respecto a este lo agendare, por si viajo alli. Un abrazo
ResponderEliminarLa atmósfera que creas en ese café es increíble.
ResponderEliminarPor cierto, me gusta tu nuevo look.
Un beso
Hola Francisco, interesante y bello texto. Que hermoso cambio el de tu blog. Besos, cuidate amigo.
ResponderEliminarFrancisco has cambiado de "look", como dice el refrán "renovarse o morir", me gusta este nuevo formato, como tu cambio de foto resulta más juvenil.
ResponderEliminarConozco ese café de mi pasada y maravillosa etapa malagueña.
Un abrazo.
En esta casa hay inundación de luz y color, se ha rejuvenecido...
ResponderEliminarUn café ahora mismo me lo tomaría.
Deseo que sigas bien.
En aquellos tiempos de cafés y tertulias, el tiempo pasaba más despacio, mientras el aroma del torrefacto invadía el local. No había prisas. Y la gente se conocía. Al café no solo se iba para tomar café. Y luego estaban los que te ponían el cortado, esos camareros de toda la vida, algo poco común hoy.
ResponderEliminarRecuerdo un café donde me llevaba mi abuelo de pequeño en la calle Sierpes. No sé si te dije alguna vez que mis abuelos tenían un estanco y su vivienda en esa calle, frente a la pasteleria Ochoa y a la calle Cuna, hoy el local cambió de dueños y se llama "Cerámicas Aracena". Seguro que has pasado cientos de veces por la puerta. Pues a lo que iba. Cuando pasaba mis vacaciones donde los abuelos, muchas veces íbamos a un bar de la misma calle que ya no existe y se llamaba "El Platino" y allí siempre estaban los mismos camareros de toda la vida con su simpatía y sus conversaciones. Y no había prisas. Tiempos de gratos recuerdos para mí.
Veo que has cambiado el aspecto de tu blog. Me parece más alegre y luminoso.
Un saludo.
Bonito recuerdo de amistad. Yo también deseo que el reencuentro esté muy, pero muy lejano todavía.
ResponderEliminarUn abrazo.
Qué evocadores esos cafés de siempre, ese olor intenso a café recién hecho, una charla con un amigo o un amante... Ahhh...
ResponderEliminarUn abrazo Francisco.
Por cierto, el blog te ha quedado genial.
Hola Francisco!!!! Mantener un establecimiento abierto durante tres generaciones tiene un gran mérito pues el esfuerzo de adecuarlo a las nuevas exigencias de la clientela merece lo primero visitarlo, después un buen reconocimiento y además tu mención en esta entrada. Seguro que sus propietarios estarán muy orgullosos de que los hayas tenido en mente y en cuenta. BESITOS Y SALUDITOS MUY CARIÑOSOS DESDE CÁCERES.
ResponderEliminarHe pensado...Cecilia, te has equivocado, aquí no está Francisco. Y sí, sí, menudo cambio. le felicito
ResponderEliminarY con el relato del café, aún ha quedado más precioso, con solera literaria.
Con ternura
Sor.Cecilia
Hermosa historia, me sorprende que seas tan prolífico, te admiro sin reparos.
ResponderEliminarUn abrazo.
HD
En Béjar y en muchas otras partes existía en tiempos un Café Central, pero en él no estaba Rafael, eso sin lugar a dudas. Serían otros rafaeles...
ResponderEliminarSaludos
El café, su entorno, agradables momentos ya de por vida.
ResponderEliminarEstupendo cambio Francisco. Me gusta, muy innovador y elegante, tiene otro aporte a simple vista. Y que conste que a mi ya me gustaba el anterior pero reconozco que este me gusta +. Tiene...¿?
Un abrazo.
Mi intención y deseo era recordar a mi entrañable amigo Rafael en su sueño eterno. Para ello he usado como escenario su lugar único de trabajo y un poco de las peculiaridades de ese lugar tan emblemático en la ciudad de Málaga.
ResponderEliminarHe querido hacer un relato intimista y dedicárselo a su hija Cristina, lo que para algunos ha pasado desapercibido o han sido atraídos por el aroma del café.
Gracias por vuestros comentarios.
Me gusta ver que aún existen negocios que perduran generación tras generación, adquieren solera, y el aprecio del público. No es (o ha sido) esto nada fácil hoy en día, con un mundo trepidante, costumbres que cambian con mucha rapidez, burbujas inmobiliarias, hoy pinchadas, y crisis. Tomo nota de este "Café Central" para tomarme un café en él cuando visite Málaga, una de las pocas ciudades de España que aún no conozco.
ResponderEliminarLlevo un poco de ajetreo estos días, y se me había pasado leer el artículo de los relojes, pero no quiero dejar de decir que otras cosas tan innecesarias como el placer de oír los toques de un reloj seguro que todavía no se han recortado. Un saludo.
Hola ...
ResponderEliminarme encanta esos viejos cafes, en Madrid hay uno por ejemplo el Café Comercial,genial en pleno centro....lleno de historias, tertulias y vivencias.
un fuerte abrazo amigo
Impresionante tu entrada amigo Francisco, me has introducido perfectamente en el ambiente con un buen café. Enhorabuena y gracias. Un fuerte abrazo desde el blog de la Tertulia Cofrade Cruz Arbórea. http://tertuliacofradecruzarborea.blogspot.com/
ResponderEliminares que mi querido y admirado amigo, una taza de café da para mucho, sobre todo si tiene su máximo sabor, muchos besinos de esta amiga admiradora que te quiere un montón.
ResponderEliminarHola Francisco:
ResponderEliminarTu relato es toda una pintura del lugar
donde de a poco vas colando la nostalgia de ese buen amigo.
Muy lindo de leer.
Una abrazo
Papá, me has vuelto a arrancar otra lágrima al recordarme a Rafael. Que descanse en paz. Muchos besos a toda su familia: las dos Mariluz, Cristina, Francis, Tomás, Encarni, Juan, Silvia, Sergio, David (y los más pequeños), que sé que también te leen, y también se emocionarán con esta entrada.
ResponderEliminarRafael sigue vivo en el recuerdo de todos.
Besos,
Carlos.
Se me ha antojado un café en el Central, y lo que ya no podrá ser, ser atendido por tu entrañable Rafael. Aún sin esa posibilidad, leerte es un delicioso estar en tu Días de Aplomo. Gracias.
ResponderEliminarUn abrazo.