05 noviembre 2010

EL AROMA DE OJÉN


Nací y me crié en la calle la Fuente, frente a la Caldilla y el Horno de María. Era un tiempo en el que los aromas en Ojén se hacían más perceptibles y rotundos, o quizás que habitan algún cuarto oscuro de mi memoria y nunca han sido desalojados. Pero el aroma predilecto de mi infancia era a calda fresca y a pan calentito.


María era la chispa alegre de la calle: sonrisa fácil, gracia natural, ocurrente, picarona, Ya hace unos días que he vuelto de Ojén, y aun persiste el aroma a pan recién horneado en mis sentidos. Dicharachera, cariñosa, familiar y familiera; en el bolsillo de su delantal se escondían muchos secretos, todos los comentarios del pueblo y hasta la contabilidad de aquella pequeña industria de la que muchos sacaban el pan y lo apuntaban en un cartón de débitos. ¡Qué tiempos tan difíciles, pero qué tiempos tan alegres!

La puerta de la calle daba acceso a una sala rectangular con las artesas situadas a la derecha y frente a ellas las tablas donde la masa, después de trabajada y recibir la forma oportuna, reposaba y esperaba el efecto de la levadura; a la izquierda del recinto una mesa, un par de sillas y las canastas de pan humeantes. Frente a la puerta de entrada, otra que abría paso con unos escalones a un plano inferior donde se encontraba el horno propiamente dicho. Sólo tenía una boca por la que se tragaba los haces de calda. El suelo del horno era de barro y el techo abovedado en ladrillo refractario. Cuando la calda había ardido, venía la operación de barrido de las cenizas con una especie de pica de cuyo extremo colgaba un trapo que de vez en cuando se refrescaba en un cubo de agua. 

¡Que vamos a echar el pan! Entre juegos y escuela, este es el grito que más me gustaba y con el que corría a ponerme a la cola: las manos extendidas con las palmas hacia arriba, como en actitud orante, y te ponían un par de hogazas crudas que llevabas con presteza a la boca del horno, ella las colocaba en la pala y las introducía por la boca, distribuyéndolas por el suelo ardiente. Hoy ha perdido protagonismo el pan en la dieta, pero en su actual y múltiple variedad, en nada me recuerda al aroma a romero, aulaga y lentisco del pan calentito de María. Se perdió aquel pan de calidad y lo hemos cambiado por el pan de la abundancia. Desapareció para siempre ese sistema artesanal de amasado a puño, como despareció María y hasta la mayoría de sus hijos, de los que aun conservamos la sonrisa dulce de Mariquita y la chispeante gracia de Trinita, escondida como un resorte tras su limitación visual.

Si acaso me perdiera en el túnel del tiempo y me plantaran en el Ojén de mi infancia, por los aromas iría descubriendo a las personas que me precedieron y que forman parte indisoluble de mi existencia.

4 comentarios:

  1. "Se perdió aquel pan de calidad y lo hemos cambiado por el pan de la abundancia". Párrafo felicísimo, Francisco eres genial.
    En Tudela solamente queda un horno de leña. Está documentada su existencia ya en el siglo XVI y hoy día da una impresión algo cutre ya que no ha sido restaurado desde hace muchos, muchos pero que muchos años. No hace pan ni pastas, se dedica exclusivamente con gran éxito a los asados.
    Saludos desde la ciudad de la mejana.

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  2. A mi me pasa lo mismo cuando vuelvo a mi pueblo natal. Miro hacia todas partes, buscando rostros de aquellos que ya se fueron, olfateando cada rincón, con la esperanza de encontrar aquellos aromas que acunaron mi infancia y que desgraciadamente ya no están.
    Una entrada entrañable Paco, como todas las tuyas.

    Un fuerte y calido abrazo

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  3. Recuerdos con sabor del pan bueno,
    el de calidad.

    Me voy saboréandolos...

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  4. Cuando yo era niña todos los hornos de mi ciudad estaban en el Albaicín o en los pueblos, por lo que no tenía ocasión de ir a ellos. Sin embargo, un poco después empecé a pasar los veranos en Valencia en casa de mis tíos y allí había la costumbre de llevar la paella a un horno cercano, ya que no cabía en el horno de la casa. Y a mí me gustaba ir cuando la recogían pues me encantaba el olor de los bollos que estaban haciendo a esa hora y me comía el que me regalaba el panadero, por lo que luego ya no tenía hambre para la paella y mi tía ponía el grito en el cielo.

    Recuerdos....

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