Fotografía de Ana Escalera
Un deslumbramiento,
un posible destello o una pesadilla,
una cabriola en la cama
cuando todavía, más dormido que despierto,
era tensa la porfía entre la noche y el alba.
Todo muy oscuro, pero un relumbrón,
una mancha de colores abocetados,
como aplicados con la yema de un torpe dedo,
o con un impreciso y zoquete difumino,
dejo una mácula coloreada y sin bordes
en el desconcierto de los primeros instantes
de esta recién estrenada vigilia.
Más tarde, cuando todos los sentidos
estuvieron activos, y supieron calibrar
entre el sentido de la vista y el intelecto,
fue cercano y bello ese regalo primaveral,
donde la naturaleza hace germinar
una selección de tinturas con la habilidad
de un maestro pintor, tal vez impresionista.
De nuevo cerré los ojos, pero ya estaban
dañados por la luz y seguían fantaseando,
torpes para dilucidar con precisión,
pero afectos a ese incidente, sin explicación,
que quizás tenga que ver con lo soñado
y no precisamente con lo vivido.

Lo soñado a veces tiene más presencia que lo vivido. Esta noche me desperté por un olor que invadía mis sueños. Cuando desperté seguía el olor allí, una mezcla de perfume y humedad. Luego, al cabo de unos minutos, el olor aquel desapareció por completo.
ResponderEliminarDesde ahora creerás más en las cosas que te cuento, Cayetano.
EliminarUn abrazo.
En la duermevela suceden milagros, un abrazo Francisco!
ResponderEliminarEstoy deseando que lo lea la autora de la fotografía. Muchas gracias, María Cristina.
EliminarUn abrazo.
El regalo que recibió el poeta en el día del libro.
ResponderEliminarEn esta ocasión, el regalo son las fotos que hace Ana Escalera, y que me permita ponerle texto con toda generosidad.
EliminarUn abrazo.