Caminar. Caminar
con la mirada puesta en la naturaleza
y esquivando el sol
que estalla y destella en la lámina del río,
reparar en cada piedra, en cada socavón,
en el suspiro de alegría que no llega a grito,
en los pequeños racimos amarillos
que encienden la mirada,
en el guiño multitudinario de las hoja del olmo.
Y reparar en quien se cruza conmigo
y lleva auriculares que le apartan del presente,
y que seguro irá viendo
eso que yo también imagino al oír la radio
entre las paredes de casa.
Oír la voz de mando a los remeros
y admirarme de la disciplina sincrónica
y uniformada. Bogar con la mente
y hacer largas travesías sin presupuesto ni equipaje.
Observar el afán de los pescadores desde la ribera,
el complejo aparataje de aparejos y enseres
para volver de vacío. Refugiarse en la sombra,
descansar un buen rato,
interrumpirse a uno mismo para tomar una fotografía
y atender una llamada telefónica.
Sentir cansancio y las urgencias del reloj
en los momentos plácidos,
sentir el calo, la humedad, el frío en la piel
y saberse afortunado, un día más,
hasta que se acabe el contrato de permanencia.

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