Por la oblicua ribera,
como señalando la desembocadura,
se rasga el amarillo dorado en mil pedazos
incendiando el atardecer,
y orienta las aguas camino del mar,
envolviéndolas en ternura
y como anticipo del abrazo salino
en las que se harán un todo,
a veces en calma
y otras en agitado temporal.
Las marismas le ofrecen su amplia sonrisa
y la placidez, y la parsimonia,
y el remanso de una larga despedida,
con la somnolencia que anticipa al descanso;
y así, más que fluir, se recrea en la dehesa
y avanza sin descanso, con certezas, sin prisas.
Va colmado de suspiros
y de ahogados lamentos,
de perfumados achares de azahar,
de fortuitos encuentros
y de miradas dilatadas desde ambas orillas
ansiosas de permanecer en curso.
Caminamos. Cada quien sigue su itinerario:
el sol hacia su declive, del que despertará ufano,
la aguas del río hacia el nudo marinero
al que abrazarse,
y yo… Yo a soñar, a revivir momentos plácidos
en la vorágine ruidosa de la ciudad.
Un día que se va y otro que viene.
ResponderEliminarAbrazo.
Así es la cadencia del tiempo, Cayetano. La mayor parte de las veces nos pasa desapercibida.
EliminarUn abrazo.
Qué preciosa imagen te inspiró, Francisco, un abrazo!
ResponderEliminarEn este caso, primero la imaginé y luego busqué algo que se pareciera a lo imaginado.
EliminarUn abrazo.
Un atardecer que has vestido de magia, le has dado voz propia y de pronto el sol, las aguas y el mar toman vida propia y nos abrazan a todos en una esperanza espiritual, como una bella premonición, Francisco...Precioso, amigo poeta.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable y sigue escribiendo, no dejes de hacerlo.
Intento hacerlo cada día, como ejercicio, y tus estímulos son un gran aliciente.
EliminarUn afectuoso abrazo.